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El vino nos habla. Nos cuenta muchas cosas. ¿Te has parado a pensarlo alguna vez? Ningún vino es igual a otro. Cada vino es un ser único que ha evolucionado desde la cepa en la viña, hasta la copa. Son cientos los factores que influyen en el resultado final de un vino. Su carácter, su personalidad, se hace poco a poco.

Yo no soy experto y mis charlas con los vinos son distendidas y no profesionales. No aconsejo que la gente trate de imitar a los catadores profesionales ni en su casa y menos aún, en un restaurante para quedar bien delante de los amigos. Al contrario, mi propuesta es ir más allá del color, olor y gusto. Hay muchas más cosas que apreciar y que aportan valor, o por el contrario, restan.

No está mal empezar por leer con atención la etiqueta del vino que vamos a tomar. Muchos bebemos vino tinto y lo bautizamos como “Riojita”. Vale, no queremos ser catadores profesionales, pero si leemos la etiqueta, podremos conocer la zona de procedencia del vino, el tipo de uva con el que ha sido elaborado, la crianza que ha tenido, el nombre de la bodega y, ya de paso, no dejes de conocer el nombre del vino. El productor le puso un nombre, seguramente con un razonamiento.

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Hace poco leía la etiqueta de un vino que me regalaron. Se llamaba “Gran Cerdo” y aparecía un cerdo dibujado con alas. Leyendo un poco más descubrí que “Gran Cerdo es un gran vino dedicado a los directores de banco que nos negaron préstamos aduciendo que el vino no era un bien embargable. Corpulentos, sudorosos y trajeados personajes, algún día descubriréis que las cosas más importantes de la vida no se pueden embargar. Gracias a los amigos, pues con su ayuda conseguimos al fin hacer el embotellado. Ahora puedes disfrutar de nuestra criatura más ácida, pruébalo con pasta o jamón, de cerdo.” Genial, ¿no os parece?. Esta es parte de la conversación, conocer la parte del vino que no va dentro de la botella. Por eso me encanta visitar bodegas, conocer al hacedor de los vinos y que me cuente. Esa es una forma de sumergirte en el vino y empaparte de la historia detrás de esa creación. Después, cuando pruebas el vino, es como de la familia.

Algo muy importante es comprobar la temperatura del vino. Cada tipo de vino tiene una temperatura recomendada para ser degustado. Los vinos blancos, rosados, cavas, Jerez, sin crianza suelen degustarse fríos (entre 5 y 8 grados). Si llevan algo de crianza, la temperatura de degustación podrá ser hasta de 12 grados. En el caso de los tintos, los jóvenes sin crianza se sirven entre 12 y 14 grados y los reservas pueden llegar a servirse a 17-18 grados. Como es lógico, esto es cuestión de gusto. La realidad es que el vino, dependiendo del tipo que sea y de su crianza, necesita más o menos temperatura para contar lo justo. Si un vino está demasiado frío nos contará muy poco, su expresión en aromas y en boca será muy reducida, y al contrario, si el vino está caliente, además de desagradable, dejaremos de disfrutar de su originalidad y el alcohol predominará tanto en nariz como en boca, nada aconsejable.

Y de paso, ¿por qué no echarle un ojo al corcho y la botella? El creador de un vino, si ha puesto todo su cariño en elegir una botella elegante o moderna y un corcho de calidad, no es por gusto. Los pequeños detalles suman y no basta con recoger los mejores racimos de uva de nuestros pagos más viejos, como anotan la mayoría de etiquetas, la botella, el corcho y el diseño de la etiqueta y la cápsula son herramientas para posicionar a un vino.

Disfrutad del vino y de todo lo que le rodea. Acordaos de toda la gente que fue necesaria para que podáis disfrutarlo. España es un gran productor de vinos, además de gran calidad, pero los españoles no somos los mejores clientes de nuestros vinos. Nos falta cultura y cariño por descubrir y valorar todo lo que este sector nos ofrece.