Rara vez pensamos al ver una foto gastronómica en el tratamiento que tienen los ingredientes. Para salir lo más agraciados posible, no solo se trata de “maquillarlos” para parecer más guapos, sino que hay que tener en cuenta ciertos parámetros y maneras de trabajar para conseguir una imagen aceptable.

Algunos profesionales tratan con el tema “suerte y repetición”, hasta obtener una foto apetecible de aspecto irresistible mientras que otros lo hacen a través de una metodología y un estudio. Las dos maneras son igual de respetables y de naturales, pero no igual de prácticas.

Pongamos un ejemplo con un ingrediente bastante temido, el queso. Trabajar con queso es difícil y arduo, y agota la paciencia de manera extrema. Hay que elegir bien y conocer las características de cada tipo de queso para obtener una buena crema, un perfecto gratinado o un vistoso fundido.

También se debe tener en cuenta que, durante la sesión fotográfica, las cualidades deseadas del queso pueden mermar o verse afectadas y es ahí donde uno debe adelantarse y ejercer la técnica y conseguir un trabajo perfecto.

Para conseguir una crema de queso con la que podamos utilizar tanto para rellenos de tortillas, dippings, pechugas rellenas, queso líquido, etc… hay que tener en cuenta la temperatura inicial y la temperatura final y si no controlamos esto, cuando el queso enfríe durante la sesión fotográfica obtendremos un trozo de “hormigón armado”, no maleable y sin aspecto delicioso.

Con respecto al tema gratinados, hay que observar que no todos los quesos tienen la misma grasa y proporción láctea y por ende, no todos gratinan y coloran igual. En este tema, es importante hacer un estudio de mercado y observar las diferentes cualidades de cada queso: elasticidad, humedad, capacidad de dorado, dureza de enfriado, etc. No hay que descartar la mezcla de ciertos quesos o contar con la ayuda de otros aliados lácteos como la mantequilla.

Con respecto al tema de los fundidos, tanto para bocadillos, sándwiches como para hamburguesas, hay que tener en cuenta el grosor del corte, la temperatura del producto, la calidad del lácteo y el curado del mismo. El aspecto final es fundamental, debe parecer que está caliente, ligeramente fundido, pero sin enmascarar el resto de ingredientes. Es un proceso difícil pero con un final muy agradecido.

Cuando trabajas con clientes siempre es mejor tener una buena metodología pensada de antemano que probar suerte. Y es que todos buscan un queso fotogénico, ¿verdad?

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