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Cuando Campofrío nos propuso realizar las imágenes de su nueva web corporativa, sabíamos que la cosa no iba solo de hacer fotos. Se trataba de mucho más. Meternos en la piel de sus consumidores. Imaginar una historia que se cuenta sin palabras. Hacer que sus productos se saboreen sólo mirando. Sugerir, sorprender, seducir. En otras palabras: hacer lo que mejor se nos da.

Somos lo que comemos. O eso dicen. Lo cierto es que todo lo que ponemos en el plato cuenta algo sobre nosotros. Si tenemos niños, si somos maniáticos, si nos gusta lo tradicional, si somos ‘disfrutones’… Nuestra manera de comer es un reflejo de nuestra forma de vivir. Receta a receta, la comida va narrando nuestra historia. Y es que, bien mirado, la vida es lo que pasa alrededor de una mesa. No es casualidad que el food marketing haya convertido esa maravillosa realidad en tendencia. Ya no se trata de vender, sino de contar. Crear historias con las que el consumidor se identifica, trocitos de vida de personas normales, donde el producto no es el protagonista. Porque en la vida real tampoco lo es. Y es que la cosa ya no va de definiciones. Va de experiencias llenas de matices, capaces de contar mucho más que un simple claim.

Todo esto nos rondaba la cabeza la primera vez que vimos los bocetos previos de la web de Campofrío. Habían reservado un lugar muy especial para las imágenes, que estaban destinadas a convertirse en el alma del proyecto. Desde el principio tuvimos clara la estrategia que íbamos a proponer: narrar una historia sugerente y cercana, que nuestro target pudiera sentir como propia.

snacks-home-campofrioPara que fuera así, natural y cercana, el producto esta vez no debía estar en el centro. Pero tendría un papel clave: hacer el argumento mucho más apetitoso. Y es que la comida tiene ese poder: el aroma de un pescado haciéndose en el horno puede transportarnos inmediatamente a las navidades de nuestra infancia. Y lo que recordamos de él no es sólo el plato en sí, son las anécdotas y sensaciones que vivimos con ese delicioso olor flotando en el ambiente. Esa potentísima fuerza que une lo que comemos con lo que vivimos iba a ser la herramienta clave para lograr nuestro objetivo: hablar de tú a tú a nuestro target, conectar con él.

Con la estrategia lista y la ilusión a tope, antes de comenzar la producción fotográfica ya tenía todo una pinta estupenda, aunque sabíamos que no sería fácil concentrar tanta sustancia en unas imágenes. Por suerte, los retos son nuestra especialidad, así que ¡manos a la obra!

Nos metemos en harina

Como siempre que abordamos un proyecto de fotografía gastronómica, las imágenes ya estaban listas mucho antes de empezar la sesión. En nuestras cabezas, claro. Para eso dedicamos horas a pensar y conversar en equipo. Con el cliente en primer lugar. Después, con los redactores, los chefs, el fotógrafo, el director de arte… En esas sesiones, buscamos y perfeccionamos una idea, lo que íbamos a contar, y cómo. Elaboramos un argumento, como si de un cortometraje se tratara: una chica foodie de 35 años prepara en casa algo para comer con su pareja. La receta es como ella: sencilla pero con un punto sofisticado, muy natural. Todo sucede en un ambiente casero moderno y urbano, cercano y real. En nuestra estrategia, la verdadera protagonista era la historia, y el producto un personaje. Para transmitir esto, realizamos unos bocetos ilustrados a mano, encuadres cenitales en los que ningún elemento es casual, y ningún detalle sobra. Todos debían integrarse de manera armoniosa para contar lo que sucede en un solo plano, transmitiendo además los valores de la marca.

Lo siguiente fue decidir y encontrar todos los ingredientes: una localización con personalidad, una modelo guapa pero con aspecto real, unas recetas ricas y con una pinta estupenda… Cada detalle de cada escena se definió con precisión, como en una perfecta mise en place, para que el día de la sesión todo fuera rodado. Claro que, llegado el momento, hubo oportunidad para probar, improvisar, dejarse llevar. Y es que para que todo saliera perfecto, no debía parecer perfecto. Porque la vida de la gente normal es así, con imperfecciones y peculiaridades que la hacen diferente y especial. Justo eso era lo que queríamos reflejar en las fotos. Cuando sentimos que habíamos logrado ese punto, pasamos el resultado a nuestros retocadores. Tras unos ajustes aquí y allá, las imágenes estaban listas para servir. Échales un ojo, ¿no están para comérselas?

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story board de una fotografía de la web de Campofrío
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fotografía final de la web de Campofrío

Generación C ¿de comilón?

Proyectos como este son un ejemplo del profundo cambio en las relaciones entre personas y marcas, producido a raíz de la revolución digital. El auge del branded content y el marketing digital responden a este nuevo escenario, que no para de evolucionar. La generación C, conectada, creativa, que se expresa en comunidad y comparte contenidos sin descanso, es además un consumidor de experiencias. Este apetito voraz por saber y hacer saber convierte al consumidor un prosumer, que elige y exige, porque sabe lo que quiere. Alguien que hace suyas las marcas, las integra en su vida y comparte esa interpretación con su entorno. Cuando se trata de comida, algo naturalmente tan cercano a la gente, este efecto se multiplica. Es ilusionante pensar en las posibilidades que esto nos proporciona para seguir mejorando los productos, y con ellos la vida de quienes los consumen. Nosotros estamos impacientes por explorarlas, ¿te apuntas?

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